El
vivir contra natura no es sin consecuencias: inventamos cosas, dominamos los átomos,
controlamos a los animales, y construimos, hacemos un entorno de cultura, pero
a cambio de ser seres de lenguaje, vivimos con un desajuste por el que
"pagamos" a modo de malestar ineludible. Malestar en la cultura lo
llama Freud en 1930.
Los
malestares que podemos ver claramente en lo social van, desde el desencuentro
con el otro sexo, las problemáticas de la sexualidad, la política...etc, que
intentamos soliviantar reglando la sociedad, aunque siempre hay algo que se
escapa a esta normativización, ese es el
malestar en la cultura. Uno de estos malestares con los que tenemos que
convivir es con el delito, el crimen que siempre acompaña a la ley, y Lacan en
1950, habla de ello en la “Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis
en criminología”, texto que voy a comentaros.
Parte,
Lacan, del hecho que tanto las investigaciones judiciales como policiales,
tienen como objeto la búsqueda de la verdad, (lo retomo más tarde, dejo esta
idea en el aire).
Hay
una concepción histórica, etnológica, de cada cultura que asiente subjetivamente
a una serie de reglas. Al nacer tenemos que introducirnos en este sistema
social que ya está montado, y por tanto a los castigos al no cumplirlas. La “ley
hace el pecado”, es la expresión y no al revés. Que un conjunto de individuos
afirme, acepte unas reglas, crea toda una serie de instituciones, por las que
estas reglas pasan al acto, lo que hace responsable al grupo por acatarlas. Si
uno de los miembros provoca un desequilibrio que se ha de restablecer, es tan
poco responsable como individuo que la ley exige satisfacción a expensas, o
bien de uno de los defensores o bien de la colectividad de un que lo cubre. Y
es diferente para la persona que tiene que responder por sus actos según su
juez represente al santo oficio o al tribunal del pueblo.
Tropezamos
con la primera piedra: la responsabilidad, pues puede ir o no acompañada de
culpabilidad. Es ahí donde Lacan se pregunta: ¿todos los criminales actúan con
base a una necesidad de castigo?

Ahí
es donde retomo la idea de la verdad como objeto de investigación en lo penal. Hoy
en día hemos abandonado la tortura como forma de extraer una confesión. Se
buscan métodos más científicos: detectores de mentiras, ADN, grabaciones de cámaras...etc.
pues hoy en día no se puede confiar en la confesión, ya que la significación
expiatoria del castigo ha desaparecido. La sociedad, con ideales utilitarios,
está más comprometida en el movimiento acelerado de la producción capitalista
que en restablecer el equilibrio ocasionado por un crimen. De modo que para
llegar a la verdad, los motivos y móviles de un crimen han de ser muy claritos,
creíbles, comprensibles para todos, deben ser “conductas” completamente identificables
a la luz de la interpretaciónedípica, al modo de los que delinquen por
conciencia de culpa (Texto de Freud de 1916,) Por eso… el pensamiento de los
penalistas titubea ante un crimen cuya índole escapa a este registro: “premeditación”,
“alevosía”…etc. son palabras para intentarque cuadren en el marco edipico, lo
hemos visto recientemente en el caso del avión estrellado. Esto implica dos
concesiones para explicar la responsabilidad del sujeto en el crimen: la
similitud social y la identidad personal (que los criminales sean iguales y con
motivos similares del delito), pero esto no significa deshumanizar al criminal,
más bien al contrario.
Las
"tendencias", ya sean del bien o del mal,del sujeto muestran deslizamientos
a nivel de su satisfacción, incluso en una satisfacción criminal: El ello, implica
estas elecciones fatales: robos, estafas, exhibiciones, difamaciones anónimas,
pero también matrimonio, profesión, amistad. ¿Pero cómo hacer confesar a un
sujeto algo que no sabe? dirá Lacan (pues recordar que el ello es totalmente
inconsciente).
Monsieur
Verdoux está nombrada en este contexto: El psicoanálisis en su discurso es
experto en el obstáculo de la sinceridad, es experto en encontrar la
"tarjeta de visita", la "firma" que cada uno en nuestro
crimen dejamos y por el que no podemos responder, pero no es, desde la verdad
como dato que el psicoanálisis lo indaga, no como objetivo a dilucidar, sino
como dialéctica en marcha, y en marcha se mueve, se conmueve, cambia, se enrevesada;
la verdad es mentirosa, mentimos sobre la verdad, nos inventamos la explicación
de nuestra verdad.
M.
Verdoux en un contexto de necesidad puede no estar tan loco, pues lo social utilitario
del momento que he nombrado, le permite mantener a su pequeña familia,
justamente en un contexto social que explica muy bien en su alegato final, la
guerra hace resurgir a la economía; en este alegato, se ve la no tan encajada
necesidad de la masa con la necesidad del individuo, una criminalidad que
adquiere forma legal, es la impunidad del estado muy visible cuando lo vemos
desde una cultura diferente, aquí nos parece irracional llevar armas para
defendernos y la pena de muerte como modo de castigo. La tiranía sucede a la
democracia, dirá Lacan, y opera sobre los individuos, que no son más que uno, más
uno, más uno…etc. Y es que crueldad implica humanidad.
El
psicoanálisis, en esta búsqueda de lo criminal ha de salir de la adición, suma,
recurriendo al sujeto por sujeto, pescando en cada uno esa singularidad ante la
ley, pues haya o no culpabilidad, y MV no la tiene, ante ese crimen de cada uno,
la responsabilidad subjetiva no deja de estar aunque la colectiva lo vele. Uno
no sabe que se satisface, ni de que se satisface, respondiendo a la pregunta de
antes,pero es responsable, no de no saberlo, sino
justamente de satisfacerse ahí, y no en otro lugar.
Laia Gil Chafer
Valencia, 20 de mayo del 2015